Huidos
24-abr-2007, 04:49
Un relato totalmente verídico en dos partes.
Habían pasado dos años desde que corrieron a Silvia de casa de mi papá (si quieren saber quien es Silvia, den click AQUÍ (http://www.voyazteca.com/vb/showthread.php?p=1067227&posted=1#post1067227) y lean esta otra historia), y yo recién había cumplido diecisiete. Desde que Silvia se fue, fueron los dos años más insoportables de mi corta vida; Imagínense... después de dos años de coger delicioso todos los fines de semana, sábado y domingo, a veces dos veces por día, te acostumbras, como decimos en México, a tu ración semanal de “papaya”. El perderla fue toda una tragedia. A los quince años, por muy cabrón que seas, por muy carita, por mucha posición social o mucho dinero que tengas, es muy difícil convencer a una chavita de tu edad para que tenga sexo contigo, y las chavas más grandes, las que sí están dispuestas a coger, aún te ven como un niño. En esos dos años desde que Silvia se fue, sólo cogí 4 o 5 veces.
Fue entones cuando conocí a la señora Carmen.
Cuando recién cumplí diecisiete años, mi papá se convirtió en mi mejor amigo. Cada fin de semana, salíamos, los dos solos en las tardes, a jugar tenis un rato, a comer, y usualmente rematábamos el día con una gran peda en algún bar.
Un sábado de aquellos, mi papá y yo andábamos de peda, y a él se le ocurrió pasar a visitar a un amigo que no había visto en años, llamado Rubén. En el camino compramos una botella. Cuando llegamos a su casa, Rubén nos recibió con mucho gusto y nos hizo pasar a la sala. Era un güey bastante alto, yo diría que medía como un metro ochenta y cinco; Se veía ya grande, como de 50 años, y estaba calvo. Platicamos un rato, y decidimos abrir la botella. El llamó a gritos a su esposa, pidiéndole que nos trajera vasos y hielos. Al momento bajó de la planta alta una mujer a mediados o finales de sus cuarentas, muy bajita (como de un metro cincuenta), de piel blanca, de cabello negro y corto. Se notaba que en su juventud había estado bastante guapa, aunque por el vestido de señora grande que traía no pude apreciar su cuerpo.
Su nombre era Carmen.
Para mi sorpresa, después de servir los tragos, la señora Carmen se quedó con nosotros a beber, y se sentó junto a mí, en un sillón de dos plazas. La plática siguió por mucho rato, pero yo no podía dejar de notar que la señora me miraba constantemente. Mi primera reacción fue miedo... yo pensé que en algún momento y al calor del whiskyto, Rubén iba a pensar que era yo el que traía algo con su mujer y me iba a romper la madre. Después de otro rato, la señora se sentó junto a su marido, y se recargó en su hombro. Varias veces le susurró cosas al oído, y no dejaba de verme. Me puse nervioso, y aprovechando que tenía ganas de orinar, me disculpé y fui al baño, donde me lavé la cara y me fumé un par de cigarros.
Cuando salí del baño, varios minutos después, la señora Carmen estaba parada junto a la puerta de este, que quedaba junto a la puerta de otra habitación que no había visto. La señora me tomó de la mano y me dijo “ven”, dirigiéndome hacia la recámara. A mi me dio pánico, y tratando de no hacer ruido, le dije que no. Como pude regresé a la sala y nervioso apuré mi drink de un trago. No puedo negar que estaba bastante excitado; la posibilidad de tirarme a la señora, aunque según yo se veía imposible, había hecho que mi verga se levantara de emoción. Rubén, al verme todo nervioso, comenzó a reírse, y me dijo: “Qué, cabrón... ¿eres puto, o no te gusta mi vieja?”.
La sangré se me fue a los pies y comencé a sudar frío. Volteé a ver a mi padre, quién también se estaba riendo. Todo nervioso, y seguro de que era un broma, fingí una risita y le contesté: “¿qué?”. “No te hagas pendejo”, respondió. “Mi vieja me pidió permiso de echarse un palito contigo... que, ¿a poco la vas a despreciar?”. Volteé una vez más hacía mi padre, quién me dijo “Órale, cabrón... ¡vas!”. Salida de no sé donde, la señora Carmen me tomó de la mano una vez más, y me llevó hacia la habitación junto al baño, que resultó ser una recámara con una enorme cama queen size. Una vez en la habitación, la señora me preguntó: “’¿es tu primera vez?”. “No”, respondí. “Entonces, ya sabes que hacer... ¿qué haces ahí parado?” . Yo, súper caliente y con el orgullo herido, me aproximé a ella y comencé a besarla desesperadamente, acariciando sus nalgas y sus pechos a la vez. Como todo güey a esa edad, yo me sentía el hombre más experimentado del mundo, pero la señora me enseñó esa tarde, y todas las que siguieron, que en realidad, no sabía nada. Sin decir nada, me detuvo y me condujo por el camino que ella quiso.
Primero me desabrochó la camisa, y después de aventarla al suelo, comenzó a besarme el pecho muy despacio. Siguió besándome el pecho, y en un momento, ya estaba lamiendo y mordisqueando mis pezones. Carajo, se sentía tan bien. Yo la dejaba hacer, mientras con una mano apretujaba una de sus tetas. Después de un buen rato de besarme, lamerme y morderme el cuello, los pezones, los labios, los hombros y las orejas, yo estaba a punto de estallar. Ella se puso de rodillas, desabrochándome los jeans, y en un santiamén mis boxers estaban a la altura de mis tobillos. Mi pito salió a saludar, erecto y feliz, con la cabeza roja e hinchada y una gotita de lubricante en la punta. La señora Carmen comenzó masajeando mis huevos, muy despacio, y siguió dándome unos tirones de verga deliciosos, muy despacito. Era la mejor chaqueta del mundo. Varias veces estuve a punto de venirme, y sin que yo dijera una palabra, la señora lo notaba por mi respiración, mis jadeos y mi rostro, y hacía presión con sus dedos índice y pulgar en la base de mi pene, muy fuerte; con ese método, pudo evitar que me viniera antes de tiempo.
Después de un rato así, pasó lo que yo deseaba con todas mis fuerzas. Tomó mi verga con la mano derecha y comenzó a lamerla despacito, por ratos la cabeza, por ratos el cuerpo, mientras acariciaba mis bolas con sus uñas, que eran bastante largas. Finalmente, se la metió toda en la boca y me dio la mejor mamada de mi vida. Ya varias veces me la habían mamado antes; Silvia acostumbraba hacerlo muy seguido, y las mayoría de las chavitas de la secundaria y de la prepa que accedieron, era lo único que te daban. Sin embargo, esta vez era diferente. La señora era toda una experta mamadora. Recorría mi pistola con la lengua, lamía mis huevos, chupaba la cabeza con una fuerza increíble, y la lamía. No aguanté mucho, y comencé a sentir que se aproximaba un orgasmo de proporciones épicas. Quise quitarla con mis manos... a ninguna de las mujeres con las que había estado les gustaba que te vinieras en su boca, y yo pensé que así era con todas. Ella no me hacía caso, y seguía mamando sin cesar. Un espasmo eléctrico recorrió mi cuerpo, y el mejor orgasmo de mi corta vida me atravesó todo el cuerpo. Tuve que cerrar los ojos, porque de repente parecía que un flash me había deslumbrado... las piernas me temblaron, y estuve a punto de caerme. Cuando pude reaccionar, la señora Carmen seguía chaqueteándome la verga, exprimiéndole hasta la última gota. Aunque había rastros de leche en su vestido y en sus labios. se había tragado casi toda mi venida. Se levantó y me recostó sobre la cama. La señora Carmen se dirigió hacia la puerta y salió de la habitación. Aunque habían sido la mejor mamada y el mejor orgasmo de mi vida, yo estaba bastante molesto. Pensé que por haberme venido había desaprovechado la oportunidad de cogérmela. También pensé que ella estaba molesta porque sólo yo me había venido sin complacerla a ella. Enojado y apenado, me paré de la cama y comencé a arreglarme los jeans. Estaba por levantar mi camisa del suelo cuando la señora entró de nuevo a la recámara, sólo que ahora traía puesta una bata, y sorprendida me dijo “¿a dónde vas?”. “Pensé que usted se había molestado”, respondí (noten que curioso: cinco minutos antes, mi verga estaba dentro de su boca y aún continuaba tratándola de “usted”). “No, papito....”, contestó divertida. “Sólo fui al baño a lavarme... acuéstate, que todavía no terminamos”. Se despojó de la bata, y sorprendido noté que aún tenía un cuerpo bastante aceptable... sus tetas eran grandes y muy muy blancas, llenas de pecas y con unos pezones chiquitos con aureolas de color rosa. Siendo honesto, no eran tan firmes, pero tomando en cuenta su edad era natural. La señora, notando mi excitación y mi sorpresa, se dio media vuelta para que yo pudiera ver sus nalgas, las cuales estaban muy muy ricas. Grandes, y sobre todo, muy paraditas. Volvió a voltearse una vez más, y está vez pude apreciar en todo esplendor algo que me dejó boquiabierto: Tenía el pubis totalmente rasurado, y los labios de su rajita eran pequeños y carnosos; Aún así, sobresalían, incluso ahora que ella tenía las piernas cerradas. Hasta la fecha, soy un obseso de las mujeres rasuradas. Caminando muy despacio, se aproximó hasta la cama y de un empujón me volvió a acostar sobre ella. Aún de pie, me quitó los zapatos y los calcetines. Volvió a desabrochar mis jeans y junto con mis boxers los arrojó al suelo. Ahora sí, estábamos ambos en pelotas, y mi verga se encontraba ya lista y deseosa de acción. Se subió a la cama, y gateando con movimientos felinos, se acercó hasta mí y me besó en los labios, despacio primero y después metiendo su lengua en mi boca y rozándola con la mía. “Ahora sí...” dijo, “... me toca a mí”.
CONTINUARÁ...
Esperen pronto la parte 2 de este relato 100% real.
Ojalá lo hayan disfrutado.
Un abrazo.
Huidos.
Habían pasado dos años desde que corrieron a Silvia de casa de mi papá (si quieren saber quien es Silvia, den click AQUÍ (http://www.voyazteca.com/vb/showthread.php?p=1067227&posted=1#post1067227) y lean esta otra historia), y yo recién había cumplido diecisiete. Desde que Silvia se fue, fueron los dos años más insoportables de mi corta vida; Imagínense... después de dos años de coger delicioso todos los fines de semana, sábado y domingo, a veces dos veces por día, te acostumbras, como decimos en México, a tu ración semanal de “papaya”. El perderla fue toda una tragedia. A los quince años, por muy cabrón que seas, por muy carita, por mucha posición social o mucho dinero que tengas, es muy difícil convencer a una chavita de tu edad para que tenga sexo contigo, y las chavas más grandes, las que sí están dispuestas a coger, aún te ven como un niño. En esos dos años desde que Silvia se fue, sólo cogí 4 o 5 veces.
Fue entones cuando conocí a la señora Carmen.
Cuando recién cumplí diecisiete años, mi papá se convirtió en mi mejor amigo. Cada fin de semana, salíamos, los dos solos en las tardes, a jugar tenis un rato, a comer, y usualmente rematábamos el día con una gran peda en algún bar.
Un sábado de aquellos, mi papá y yo andábamos de peda, y a él se le ocurrió pasar a visitar a un amigo que no había visto en años, llamado Rubén. En el camino compramos una botella. Cuando llegamos a su casa, Rubén nos recibió con mucho gusto y nos hizo pasar a la sala. Era un güey bastante alto, yo diría que medía como un metro ochenta y cinco; Se veía ya grande, como de 50 años, y estaba calvo. Platicamos un rato, y decidimos abrir la botella. El llamó a gritos a su esposa, pidiéndole que nos trajera vasos y hielos. Al momento bajó de la planta alta una mujer a mediados o finales de sus cuarentas, muy bajita (como de un metro cincuenta), de piel blanca, de cabello negro y corto. Se notaba que en su juventud había estado bastante guapa, aunque por el vestido de señora grande que traía no pude apreciar su cuerpo.
Su nombre era Carmen.
Para mi sorpresa, después de servir los tragos, la señora Carmen se quedó con nosotros a beber, y se sentó junto a mí, en un sillón de dos plazas. La plática siguió por mucho rato, pero yo no podía dejar de notar que la señora me miraba constantemente. Mi primera reacción fue miedo... yo pensé que en algún momento y al calor del whiskyto, Rubén iba a pensar que era yo el que traía algo con su mujer y me iba a romper la madre. Después de otro rato, la señora se sentó junto a su marido, y se recargó en su hombro. Varias veces le susurró cosas al oído, y no dejaba de verme. Me puse nervioso, y aprovechando que tenía ganas de orinar, me disculpé y fui al baño, donde me lavé la cara y me fumé un par de cigarros.
Cuando salí del baño, varios minutos después, la señora Carmen estaba parada junto a la puerta de este, que quedaba junto a la puerta de otra habitación que no había visto. La señora me tomó de la mano y me dijo “ven”, dirigiéndome hacia la recámara. A mi me dio pánico, y tratando de no hacer ruido, le dije que no. Como pude regresé a la sala y nervioso apuré mi drink de un trago. No puedo negar que estaba bastante excitado; la posibilidad de tirarme a la señora, aunque según yo se veía imposible, había hecho que mi verga se levantara de emoción. Rubén, al verme todo nervioso, comenzó a reírse, y me dijo: “Qué, cabrón... ¿eres puto, o no te gusta mi vieja?”.
La sangré se me fue a los pies y comencé a sudar frío. Volteé a ver a mi padre, quién también se estaba riendo. Todo nervioso, y seguro de que era un broma, fingí una risita y le contesté: “¿qué?”. “No te hagas pendejo”, respondió. “Mi vieja me pidió permiso de echarse un palito contigo... que, ¿a poco la vas a despreciar?”. Volteé una vez más hacía mi padre, quién me dijo “Órale, cabrón... ¡vas!”. Salida de no sé donde, la señora Carmen me tomó de la mano una vez más, y me llevó hacia la habitación junto al baño, que resultó ser una recámara con una enorme cama queen size. Una vez en la habitación, la señora me preguntó: “’¿es tu primera vez?”. “No”, respondí. “Entonces, ya sabes que hacer... ¿qué haces ahí parado?” . Yo, súper caliente y con el orgullo herido, me aproximé a ella y comencé a besarla desesperadamente, acariciando sus nalgas y sus pechos a la vez. Como todo güey a esa edad, yo me sentía el hombre más experimentado del mundo, pero la señora me enseñó esa tarde, y todas las que siguieron, que en realidad, no sabía nada. Sin decir nada, me detuvo y me condujo por el camino que ella quiso.
Primero me desabrochó la camisa, y después de aventarla al suelo, comenzó a besarme el pecho muy despacio. Siguió besándome el pecho, y en un momento, ya estaba lamiendo y mordisqueando mis pezones. Carajo, se sentía tan bien. Yo la dejaba hacer, mientras con una mano apretujaba una de sus tetas. Después de un buen rato de besarme, lamerme y morderme el cuello, los pezones, los labios, los hombros y las orejas, yo estaba a punto de estallar. Ella se puso de rodillas, desabrochándome los jeans, y en un santiamén mis boxers estaban a la altura de mis tobillos. Mi pito salió a saludar, erecto y feliz, con la cabeza roja e hinchada y una gotita de lubricante en la punta. La señora Carmen comenzó masajeando mis huevos, muy despacio, y siguió dándome unos tirones de verga deliciosos, muy despacito. Era la mejor chaqueta del mundo. Varias veces estuve a punto de venirme, y sin que yo dijera una palabra, la señora lo notaba por mi respiración, mis jadeos y mi rostro, y hacía presión con sus dedos índice y pulgar en la base de mi pene, muy fuerte; con ese método, pudo evitar que me viniera antes de tiempo.
Después de un rato así, pasó lo que yo deseaba con todas mis fuerzas. Tomó mi verga con la mano derecha y comenzó a lamerla despacito, por ratos la cabeza, por ratos el cuerpo, mientras acariciaba mis bolas con sus uñas, que eran bastante largas. Finalmente, se la metió toda en la boca y me dio la mejor mamada de mi vida. Ya varias veces me la habían mamado antes; Silvia acostumbraba hacerlo muy seguido, y las mayoría de las chavitas de la secundaria y de la prepa que accedieron, era lo único que te daban. Sin embargo, esta vez era diferente. La señora era toda una experta mamadora. Recorría mi pistola con la lengua, lamía mis huevos, chupaba la cabeza con una fuerza increíble, y la lamía. No aguanté mucho, y comencé a sentir que se aproximaba un orgasmo de proporciones épicas. Quise quitarla con mis manos... a ninguna de las mujeres con las que había estado les gustaba que te vinieras en su boca, y yo pensé que así era con todas. Ella no me hacía caso, y seguía mamando sin cesar. Un espasmo eléctrico recorrió mi cuerpo, y el mejor orgasmo de mi corta vida me atravesó todo el cuerpo. Tuve que cerrar los ojos, porque de repente parecía que un flash me había deslumbrado... las piernas me temblaron, y estuve a punto de caerme. Cuando pude reaccionar, la señora Carmen seguía chaqueteándome la verga, exprimiéndole hasta la última gota. Aunque había rastros de leche en su vestido y en sus labios. se había tragado casi toda mi venida. Se levantó y me recostó sobre la cama. La señora Carmen se dirigió hacia la puerta y salió de la habitación. Aunque habían sido la mejor mamada y el mejor orgasmo de mi vida, yo estaba bastante molesto. Pensé que por haberme venido había desaprovechado la oportunidad de cogérmela. También pensé que ella estaba molesta porque sólo yo me había venido sin complacerla a ella. Enojado y apenado, me paré de la cama y comencé a arreglarme los jeans. Estaba por levantar mi camisa del suelo cuando la señora entró de nuevo a la recámara, sólo que ahora traía puesta una bata, y sorprendida me dijo “¿a dónde vas?”. “Pensé que usted se había molestado”, respondí (noten que curioso: cinco minutos antes, mi verga estaba dentro de su boca y aún continuaba tratándola de “usted”). “No, papito....”, contestó divertida. “Sólo fui al baño a lavarme... acuéstate, que todavía no terminamos”. Se despojó de la bata, y sorprendido noté que aún tenía un cuerpo bastante aceptable... sus tetas eran grandes y muy muy blancas, llenas de pecas y con unos pezones chiquitos con aureolas de color rosa. Siendo honesto, no eran tan firmes, pero tomando en cuenta su edad era natural. La señora, notando mi excitación y mi sorpresa, se dio media vuelta para que yo pudiera ver sus nalgas, las cuales estaban muy muy ricas. Grandes, y sobre todo, muy paraditas. Volvió a voltearse una vez más, y está vez pude apreciar en todo esplendor algo que me dejó boquiabierto: Tenía el pubis totalmente rasurado, y los labios de su rajita eran pequeños y carnosos; Aún así, sobresalían, incluso ahora que ella tenía las piernas cerradas. Hasta la fecha, soy un obseso de las mujeres rasuradas. Caminando muy despacio, se aproximó hasta la cama y de un empujón me volvió a acostar sobre ella. Aún de pie, me quitó los zapatos y los calcetines. Volvió a desabrochar mis jeans y junto con mis boxers los arrojó al suelo. Ahora sí, estábamos ambos en pelotas, y mi verga se encontraba ya lista y deseosa de acción. Se subió a la cama, y gateando con movimientos felinos, se acercó hasta mí y me besó en los labios, despacio primero y después metiendo su lengua en mi boca y rozándola con la mía. “Ahora sí...” dijo, “... me toca a mí”.
CONTINUARÁ...
Esperen pronto la parte 2 de este relato 100% real.
Ojalá lo hayan disfrutado.
Un abrazo.
Huidos.