zeth
24-ene-2006, 01:59
Nos soltamos, ella recuperó la compostura y sin decir nada salió del baño. Yo esperé unos minutos más y cuando estuve seguro de que nadie se había dado cuenta, salí a reunirme con los demás.
Ella estuvo evitándome el resto de la velada, hasta que en algún momento se acabó la cerveza y todos estaban tan ebrios que nadie quería salir a conseguir más. Yo que no andaba tan ebrio y si todavía aturdido por lo que pasó con mi cuñada, me ofrecí a ir y me servía para tomar aire fresco. El problema era que no sabía en donde podía conseguir cerveza en esos lugares y pedí que me orientaran. Entonces le pidieron a ella que me acompañara. Yo estoy seguro que ella iba a decir que no, pero cuando su marido le dijo “ve con él”, ya no pudo negarse.
Nos subimos al coche y arranqué de inmediato. Ella iba callada, tapando con sus manos las preciosas piernas. ¿Sabes qué?, dijo de pronto... tu siempre me has gustado, siempre, pero nunca dije nada porque primero eras el novio y luego el esposo de mi hermana. Pero sueño con estar contigo.
Yo me reí, cosa que le enojó mucho, hasta que le platiqué que precisamente un par de noches atrás la soñé desnuda, ofreciéndome sus blancas nalgas y su sexo, ese sexo que me estaba volviendo loco.
Ya no dijo nada, ni cuando se dio cuenta de que hacía unas calles pasamos el lugar donde vendían la cerveza.
Llegamos al hotel y apenas abrí la puerta ya estaba encima de mi, besándome con fuerza, casi con coraje y sus manos tan torpes trataban de abrirme la camisa. Sin dejar de besarla la fui tranquilizando a medida que le acariciaba la espalda, los brazos, el interior de sus muslos.
Le mordía el cuello haciendo que ella comenzara a lanzar gemidos, frotando sus piernas una con otra.
Como no tenía la certeza de que esto volvería a pasar, me tomé el tiempo necesario, lentamente le quité la blusa y el sostén. A pesar de lo caído de sus pechos, eran hermosos, blancos coronados por una oscura aureola y un pezón rosado. Los mordí, los chupé como si no fuera a terminar nunca.... ella se retorcía y trataba de abrirme el pantalón, yo le besaba el pecho, le mordía los hombros y recorría con mi lengua todo su vientre, jugueteando con su ombligo, lo que hacía que ella se retorciera aún más.
Cuando por fin le quité el pantaloncito corto que traía quise guardarme su imagen para siempre: di unos pasos hacia atrás y la miré en el estado en que se encontraba, los cabellos revueltos, los labios hinchados, sus pezones erectos, sus piernas tratando de cubrirse una a otra y lo blanco de sus calzones.
Ella instintivamente se cubrió el pecho con una mano y su sexo con la otra. Espera, le dije, es que esto lo he soñado tantas veces que no quisiera perder esta imagen que ahora veo en la vida real... estas preciosa.
Me abrazó y yo fui bajando lentamente por su cuerpo, deteniéndome en sus pechos y su vientre... desde el suelo comencé a besar sus pies, la parte baja de sus piernas, sus rodillas y cuando besé la parte de atrás de sus rodillas supe que había llegado su primer orgasmo cuando se estremeció tanto que estuvo a punto de caer.
Baje lentamente sus calzones y volví a besarle las piernas, dando la vuelta hasta tener sus nalgas a la altura de mi rostro. Las besé como si estuviera poseído, las mordía y las acariciaba con mis manos, hasta que las abrí un poco y vi el orificio oscuro que me esperaba impaciente. Lo besé... nunca había hecho eso antes y supongo que ella tampoco porque de inmediato sintió un escalofrío. Tenía un sabor exótico, nada que ver con lo escatológico, un olor penetrante pero no sucio... lo besé y lo chupé durante muchos minutos, provocando en ella un segundo orgasmo cuando con la lengua comencé a invadir esa intimidad suya. Con una mano comencé a acariciar su sexo y estaba tan mojado que creí que no aguantaría un orgasmo más. Yo por lo pronto trataba de contenerme, de aplacar mis erecciones para no terminar tan rápido, estaba extasiado con el cuerpo de mi cuñada como para acabar tan pronto.
La recosté en la cama y le abrí las piernas... ahí estaba lo que me tenía obsesionado... una vulva pequeña, depilada a los lados, mostrando unos labios pequeños y rosas, chorreando jugos por todos lados, palpitando a la espera de algo que ella sabía sería inolvidable.
Comencé a acariciar el interior de sus piernas, sin tocarle el sexo y eso la tenía enloquecida, pero sin decir una palabra en toda la noche, así estuve unos minutos hasta que toqué con mis dedos sus labios vaginales lo que le provocó un súbito estremecimiento. Los recorrí con mis dedos arriba y abajo, metí uno de mis dedos en su vulva y ella comenzó a moverse rítmicamente, levantando sus rodillas y poniendo sus pies en mi espalda. Cuando por fin mis labios se acercaron pude percibir el olor más suave que me haya tocado en la vida... un perfume corporal tan excitante que aún hoy me es imposible de olvidar cada que la veo.
Recorrí con mi lengua de arriba abajo los labios vaginales, metiendo de vez en cuando la lengua en su vulva hasta que lanzó un grito fuerte, evidenciando que con ese ya eran tres orgasmos sin que hubiera habido penetración alguna. Su clítoris ya estaba hinchado al igual que sus labios vaginales, así que no fue problema encontrarlo y masajearlo con la lengua, con los dientes, lentamente le daba vuelta a ese botón entre mis labios y cuando lo mordí suavemente le provoqué tal temblor en las piernas que creí que estaba convulsionando.
Ahora yo estaba listo. Me paré para mirarla nuevamente: ahí estaba ese cuerpo bajito y blanco que tantas veces había soñado, a mi disposición, con las piernas completamente abiertas y los ojos cerrados, esperando a que la penetrara.
Lo hice lentamente, provocando en ella gestos de desesperación y gemidos de locura... cuando la tuvo toda adentro no pasaron más de tres embestidas cuando sus piernas me aprisionaron y sentí un apretón en mi miembro: un nuevo orgasmo le había llegado en cuestión de minutos y me decía que no podía más...
Yo seguí empujando, levantando sus caderas y apretándolas contra mi... la sentía floja y sin fuerzas pero yo seguía empeñado en hacerla despertar, la coloqué boca abajo y la penetré completamente, levantando sus caderas para verle el precioso culito palpitante... no me pude contener y le metí un dedo y eso fue lo que la hizo reaccionar nuevamente.
Entonces me coloqué yo boca abajo y la monté encima de mi, pude ver entonces sus pechos moviéndose rítmicamente, los traje hacia mí y los chupé con fuerza, luego besé sus labios y en esa posición, con el miembro completamente dentro, volví a meterle un dedo en su culito, casi hasta el fondo, lo que aceleró sus movimientos hasta que finalmente no pude más y dejé salir todo ese deseo que tenía por ella en su interior, mientras ella lanzaba un grito aún más fuerte que el anterior y se dejó caer encima de mi.
Descansamos un rato... luego sin decir nada comenzamos a vestirnos. Salimos de ahí, era casi de día y no teníamos idea de cómo justificar la ausencia. No hubo necesidad: todos estaban dormidos y mi mujer hacía horas que se había ido. Me despedí pero antes le di un largo beso, acariciando su cabello y su rostro. Me puso algo en las manos y por fin me retiré. Cuando vi lo que me había dado sonreí. Eran sus calzoncitos blancos, perfumados con ese olor tan suyo...
Ahora, nos vemos como si entre nosotros no hubiera pasado nada. No lo hemos vuelto a hacer y no creo que sea necesario: cogemos con la mirada aunque, en el fondo, aun sentimos algo de culpa.
Ella estuvo evitándome el resto de la velada, hasta que en algún momento se acabó la cerveza y todos estaban tan ebrios que nadie quería salir a conseguir más. Yo que no andaba tan ebrio y si todavía aturdido por lo que pasó con mi cuñada, me ofrecí a ir y me servía para tomar aire fresco. El problema era que no sabía en donde podía conseguir cerveza en esos lugares y pedí que me orientaran. Entonces le pidieron a ella que me acompañara. Yo estoy seguro que ella iba a decir que no, pero cuando su marido le dijo “ve con él”, ya no pudo negarse.
Nos subimos al coche y arranqué de inmediato. Ella iba callada, tapando con sus manos las preciosas piernas. ¿Sabes qué?, dijo de pronto... tu siempre me has gustado, siempre, pero nunca dije nada porque primero eras el novio y luego el esposo de mi hermana. Pero sueño con estar contigo.
Yo me reí, cosa que le enojó mucho, hasta que le platiqué que precisamente un par de noches atrás la soñé desnuda, ofreciéndome sus blancas nalgas y su sexo, ese sexo que me estaba volviendo loco.
Ya no dijo nada, ni cuando se dio cuenta de que hacía unas calles pasamos el lugar donde vendían la cerveza.
Llegamos al hotel y apenas abrí la puerta ya estaba encima de mi, besándome con fuerza, casi con coraje y sus manos tan torpes trataban de abrirme la camisa. Sin dejar de besarla la fui tranquilizando a medida que le acariciaba la espalda, los brazos, el interior de sus muslos.
Le mordía el cuello haciendo que ella comenzara a lanzar gemidos, frotando sus piernas una con otra.
Como no tenía la certeza de que esto volvería a pasar, me tomé el tiempo necesario, lentamente le quité la blusa y el sostén. A pesar de lo caído de sus pechos, eran hermosos, blancos coronados por una oscura aureola y un pezón rosado. Los mordí, los chupé como si no fuera a terminar nunca.... ella se retorcía y trataba de abrirme el pantalón, yo le besaba el pecho, le mordía los hombros y recorría con mi lengua todo su vientre, jugueteando con su ombligo, lo que hacía que ella se retorciera aún más.
Cuando por fin le quité el pantaloncito corto que traía quise guardarme su imagen para siempre: di unos pasos hacia atrás y la miré en el estado en que se encontraba, los cabellos revueltos, los labios hinchados, sus pezones erectos, sus piernas tratando de cubrirse una a otra y lo blanco de sus calzones.
Ella instintivamente se cubrió el pecho con una mano y su sexo con la otra. Espera, le dije, es que esto lo he soñado tantas veces que no quisiera perder esta imagen que ahora veo en la vida real... estas preciosa.
Me abrazó y yo fui bajando lentamente por su cuerpo, deteniéndome en sus pechos y su vientre... desde el suelo comencé a besar sus pies, la parte baja de sus piernas, sus rodillas y cuando besé la parte de atrás de sus rodillas supe que había llegado su primer orgasmo cuando se estremeció tanto que estuvo a punto de caer.
Baje lentamente sus calzones y volví a besarle las piernas, dando la vuelta hasta tener sus nalgas a la altura de mi rostro. Las besé como si estuviera poseído, las mordía y las acariciaba con mis manos, hasta que las abrí un poco y vi el orificio oscuro que me esperaba impaciente. Lo besé... nunca había hecho eso antes y supongo que ella tampoco porque de inmediato sintió un escalofrío. Tenía un sabor exótico, nada que ver con lo escatológico, un olor penetrante pero no sucio... lo besé y lo chupé durante muchos minutos, provocando en ella un segundo orgasmo cuando con la lengua comencé a invadir esa intimidad suya. Con una mano comencé a acariciar su sexo y estaba tan mojado que creí que no aguantaría un orgasmo más. Yo por lo pronto trataba de contenerme, de aplacar mis erecciones para no terminar tan rápido, estaba extasiado con el cuerpo de mi cuñada como para acabar tan pronto.
La recosté en la cama y le abrí las piernas... ahí estaba lo que me tenía obsesionado... una vulva pequeña, depilada a los lados, mostrando unos labios pequeños y rosas, chorreando jugos por todos lados, palpitando a la espera de algo que ella sabía sería inolvidable.
Comencé a acariciar el interior de sus piernas, sin tocarle el sexo y eso la tenía enloquecida, pero sin decir una palabra en toda la noche, así estuve unos minutos hasta que toqué con mis dedos sus labios vaginales lo que le provocó un súbito estremecimiento. Los recorrí con mis dedos arriba y abajo, metí uno de mis dedos en su vulva y ella comenzó a moverse rítmicamente, levantando sus rodillas y poniendo sus pies en mi espalda. Cuando por fin mis labios se acercaron pude percibir el olor más suave que me haya tocado en la vida... un perfume corporal tan excitante que aún hoy me es imposible de olvidar cada que la veo.
Recorrí con mi lengua de arriba abajo los labios vaginales, metiendo de vez en cuando la lengua en su vulva hasta que lanzó un grito fuerte, evidenciando que con ese ya eran tres orgasmos sin que hubiera habido penetración alguna. Su clítoris ya estaba hinchado al igual que sus labios vaginales, así que no fue problema encontrarlo y masajearlo con la lengua, con los dientes, lentamente le daba vuelta a ese botón entre mis labios y cuando lo mordí suavemente le provoqué tal temblor en las piernas que creí que estaba convulsionando.
Ahora yo estaba listo. Me paré para mirarla nuevamente: ahí estaba ese cuerpo bajito y blanco que tantas veces había soñado, a mi disposición, con las piernas completamente abiertas y los ojos cerrados, esperando a que la penetrara.
Lo hice lentamente, provocando en ella gestos de desesperación y gemidos de locura... cuando la tuvo toda adentro no pasaron más de tres embestidas cuando sus piernas me aprisionaron y sentí un apretón en mi miembro: un nuevo orgasmo le había llegado en cuestión de minutos y me decía que no podía más...
Yo seguí empujando, levantando sus caderas y apretándolas contra mi... la sentía floja y sin fuerzas pero yo seguía empeñado en hacerla despertar, la coloqué boca abajo y la penetré completamente, levantando sus caderas para verle el precioso culito palpitante... no me pude contener y le metí un dedo y eso fue lo que la hizo reaccionar nuevamente.
Entonces me coloqué yo boca abajo y la monté encima de mi, pude ver entonces sus pechos moviéndose rítmicamente, los traje hacia mí y los chupé con fuerza, luego besé sus labios y en esa posición, con el miembro completamente dentro, volví a meterle un dedo en su culito, casi hasta el fondo, lo que aceleró sus movimientos hasta que finalmente no pude más y dejé salir todo ese deseo que tenía por ella en su interior, mientras ella lanzaba un grito aún más fuerte que el anterior y se dejó caer encima de mi.
Descansamos un rato... luego sin decir nada comenzamos a vestirnos. Salimos de ahí, era casi de día y no teníamos idea de cómo justificar la ausencia. No hubo necesidad: todos estaban dormidos y mi mujer hacía horas que se había ido. Me despedí pero antes le di un largo beso, acariciando su cabello y su rostro. Me puso algo en las manos y por fin me retiré. Cuando vi lo que me había dado sonreí. Eran sus calzoncitos blancos, perfumados con ese olor tan suyo...
Ahora, nos vemos como si entre nosotros no hubiera pasado nada. No lo hemos vuelto a hacer y no creo que sea necesario: cogemos con la mirada aunque, en el fondo, aun sentimos algo de culpa.