zeth
23-ene-2006, 08:19
No sé cómo empezó todo. Ella es mi cuñada. Una mujer bajita de piel blanca, no es bella pero tampoco es fea, sin embargo se preocupa mucho por su figura y su rostro y eso la lleva a vestirse muy provocativa en ocasiones. Lo mejor de todo es su trasero... tiene un trasero hermoso, demasiado apetecible. Un día hubo reunión en casa de la familia de mi esposa y yo, que en ese tiempo trabajaba de noche, estaba tan cansado que preferí recostarme un poco en uno de los cuartos de la casa. Entonces la vi. Estaba acostada en el cuarto de enfrente viendo televisión, no alcanzaba a verle el rostro pero sí el resto del cuerpo. Traía una de esas faldas que son tipo shorts, bastante floja por cierto, lo que hacía que al levantar las rodillas la faldita se le subiera hasta la cadera. Esas piernas comenzaron a obsesionarme y más cuando en una de esas levantó de más las piernas y me dejó a la vista el triángulo de sus calzoncitos blancos. Fue demasiado. Yo sabía que estaba completamente atrapado por esas piernas, por esas nalgas y por el triángulo blanco de sus calzones.
A partir de ese día la miré de otra forma, buscando siempre ver un poco más allá de la ropa que traía encima. Nuestros hijos estudiaban en la misma escuela y ella pasaba por su hija y yo por mis hijos, así que no fue problema encontrarla todos los días. Pude mirarle descaradamente las nalgas cuando se colocaba de espaldas frente a mí para buscar a su hija. Puede mirarle las preciosas piernas cuando por algún motivo ella se quedaba sin coche y yo las llevaba a su casa. Esperaba el momento justo de ella al abrir las piernas y entrar al coche para voltear y verle sus calzoncitos, unas veces negros, la mayoría de las veces blancos.
Luego me encontré en Internet con una de esas páginas en donde hay tipos que siguen a las mujeres que traen faldas cortas con una cámara escondida en una bolsa. Pensé que la idea era buena y yo mismo armé una bolsa de esas. Salí a probar suerte a las calles del centro de la ciudad y luego de algunas horas de caminar, al llegar a la casa busqué el resultado: decenas de chicas con sus hermosas piernas me enseñaban lo que traían bajo la falda, panties de todos colores y sabores, nalgas riquísimas, nalgas aguadas, nalgas redondas y nalgas planas. Algunas tomas de frente me permitían ver los vellos púbicos saliendo por las orillas de encaje de los calzoncitos femeninos.
Esto me hizo descubrir mi naturaleza voyeur y por un tiempo me dediqué a cazar chicas en minifalda, a tal grado que me olvidé completamente de mi cuñada... hasta que se volvió a cruzar en mi camino.
Esa vez la mire en la escuela de los niños y me pidió llevarla a casa porque no traía coche. Iba vestida con una faldita azul tan ajustada que resaltaban unos calzones de encaje. Al llegar a la casa de mi suegra, bajé la cámara y mientras ella se agachaba un poco para servir la comida a los niños, me coloqué tras ella y disimuladamente puse la bolsa con la cámara justo bajo ella. Serían como dos minutos en total y yo estaba batallando para respirar por la emoción que eso me provocaba. En ese momento noté que también traía una erección bárbara y me despedí precipitadamente para ir a ver la cinta a la casa.
Corrí la cinta y entonces mi sueño se hizo realidad. Ahí estaba ella, con un breve calzoncito blanco, ofreciéndome una clara visión de lo que eran sus nalgas, su precioso y blanco culo.
A partir de ahí pude cazarla otras tres o cuatro veces, siempre vistiendo coquetos calzoncitos de encaje en negro y en blanco, hasta que una vez me preguntó que si en la bolsa traía alguna cámara o qué. Eso me hizo comprender que quizá estaba yendo demasiado lejos y volví a dejarla en paz.
Meses después, en una reunión en su casa pasó lo que tenía qué pasar. Ella vestía un short de mezclilla cortísimo, casi a la altura de sus nalgas y una blusa blanca sin mangas. Se veía preciosa.
En algún momento de la madrugada y ya tomados los dos nos encontramos en el baño y no sé cómo terminé tomándole la mano y acariciando sus brazos. Ella no dijo nada y de pronto cerró la puerta. Nos besamos largamente mientras metía las manos por su espalda, le acariciaba la nuca y mordía sus labios. Ella jadeaba... no sabía que hacer con sus manos, tomaba las mías, las soltaba, me tomaba el rostro y lo dejaba... respiraba con dificultad y cerraba los ojos abandonándose a la caricia. Le besé todo el rostro, el cuello, la puse de espaldas contra mí y acaricié sus pechos y sentí lo duro de sus nalgas apretarse contra mí... acaricié sus piernas y me dije que eran como muchas veces las había visto de lejos: preciosas.
Abrí su short y pasé los dedos por la orilla de sus patíes, eso casi la enloquece y sus jadeos se hicieron tan fuertes que entonces me di cuenta de lo comprometido de la situación... CONTINUARA.
A partir de ese día la miré de otra forma, buscando siempre ver un poco más allá de la ropa que traía encima. Nuestros hijos estudiaban en la misma escuela y ella pasaba por su hija y yo por mis hijos, así que no fue problema encontrarla todos los días. Pude mirarle descaradamente las nalgas cuando se colocaba de espaldas frente a mí para buscar a su hija. Puede mirarle las preciosas piernas cuando por algún motivo ella se quedaba sin coche y yo las llevaba a su casa. Esperaba el momento justo de ella al abrir las piernas y entrar al coche para voltear y verle sus calzoncitos, unas veces negros, la mayoría de las veces blancos.
Luego me encontré en Internet con una de esas páginas en donde hay tipos que siguen a las mujeres que traen faldas cortas con una cámara escondida en una bolsa. Pensé que la idea era buena y yo mismo armé una bolsa de esas. Salí a probar suerte a las calles del centro de la ciudad y luego de algunas horas de caminar, al llegar a la casa busqué el resultado: decenas de chicas con sus hermosas piernas me enseñaban lo que traían bajo la falda, panties de todos colores y sabores, nalgas riquísimas, nalgas aguadas, nalgas redondas y nalgas planas. Algunas tomas de frente me permitían ver los vellos púbicos saliendo por las orillas de encaje de los calzoncitos femeninos.
Esto me hizo descubrir mi naturaleza voyeur y por un tiempo me dediqué a cazar chicas en minifalda, a tal grado que me olvidé completamente de mi cuñada... hasta que se volvió a cruzar en mi camino.
Esa vez la mire en la escuela de los niños y me pidió llevarla a casa porque no traía coche. Iba vestida con una faldita azul tan ajustada que resaltaban unos calzones de encaje. Al llegar a la casa de mi suegra, bajé la cámara y mientras ella se agachaba un poco para servir la comida a los niños, me coloqué tras ella y disimuladamente puse la bolsa con la cámara justo bajo ella. Serían como dos minutos en total y yo estaba batallando para respirar por la emoción que eso me provocaba. En ese momento noté que también traía una erección bárbara y me despedí precipitadamente para ir a ver la cinta a la casa.
Corrí la cinta y entonces mi sueño se hizo realidad. Ahí estaba ella, con un breve calzoncito blanco, ofreciéndome una clara visión de lo que eran sus nalgas, su precioso y blanco culo.
A partir de ahí pude cazarla otras tres o cuatro veces, siempre vistiendo coquetos calzoncitos de encaje en negro y en blanco, hasta que una vez me preguntó que si en la bolsa traía alguna cámara o qué. Eso me hizo comprender que quizá estaba yendo demasiado lejos y volví a dejarla en paz.
Meses después, en una reunión en su casa pasó lo que tenía qué pasar. Ella vestía un short de mezclilla cortísimo, casi a la altura de sus nalgas y una blusa blanca sin mangas. Se veía preciosa.
En algún momento de la madrugada y ya tomados los dos nos encontramos en el baño y no sé cómo terminé tomándole la mano y acariciando sus brazos. Ella no dijo nada y de pronto cerró la puerta. Nos besamos largamente mientras metía las manos por su espalda, le acariciaba la nuca y mordía sus labios. Ella jadeaba... no sabía que hacer con sus manos, tomaba las mías, las soltaba, me tomaba el rostro y lo dejaba... respiraba con dificultad y cerraba los ojos abandonándose a la caricia. Le besé todo el rostro, el cuello, la puse de espaldas contra mí y acaricié sus pechos y sentí lo duro de sus nalgas apretarse contra mí... acaricié sus piernas y me dije que eran como muchas veces las había visto de lejos: preciosas.
Abrí su short y pasé los dedos por la orilla de sus patíes, eso casi la enloquece y sus jadeos se hicieron tan fuertes que entonces me di cuenta de lo comprometido de la situación... CONTINUARA.